martes, 16 de julio de 2019

Raphael y Natalia Figueroa: 45 años de la (no tan) secreta boda en la que nadie confiaba











La familia aristócrata de ella, Natalia Figueroa, se oponía a la boda con Raphael.




En estos tiempos donde abundan las separaciones matrimoniales y los divorcios siempre es halagüeño comentar que una muy popular pareja de la vida social y artística española celebre sus cuarenta y cinco años de casados; largo tiempo durante el que no se conocen fisuras de ningún tipo en su relación. Lo curioso en este caso es que la familia aristocrática de la novia se oponía tajantemente a que se celebraran los esponsales. Tuvo lugar la boda, el 14 de julio de 1972, pero antes de celebrarse resulta que comenzaron a deslizarse comentarios, tanto de los círculos sociales a los que pertenecía Natalia Figueroa y al ambiente artístico del que procedía Raphael prediciendo, como si los pronunciara el mismísimo Oráculo de Delfos, que aquel matrimonio iba a ser de corto recorrido, que se dice ahora. O sea, que tarifarían pronto. No es invento alguno, que lo escuché y lo leí en más de un sitio. Aquellos adivinos, chismosos que se meten en corral ajeno para hacer daño, se equivocaron de pe a pa. Tienen tres hijos, los han convertido en felices abuelos y es bueno evocar aquí algunos momentos difíciles que atravesaron hasta verse convertidos en marido y mujer.

Rafael Martos Sánchez, Raphael, era a finales de los años 60 un triunfador, nuestro cantante de música ligera más popular dentro y fuera de nuestras fronteras. Había ganado millones de pesetas, que invirtió primeramente en un piso para su familia, un chalé en Fuengirola (donde prefirió quedarse su padre, para cuidarlo), un apartamento de soltero, amén de otras productivas inversiones. No era un "don nadie" en cuestiones económicas. Por eso, cuando se supo que iba a casarse con una dama de la alta aristocracia madrileña, abundaron maliciosas críticas. Ya con anterioridad se venía diciendo que el intérprete de Linares era muy afectado, con amaneramientos, gestos y una determinada manera de hablar. En un país tan dado como el nuestro a presumir los gustos sexuales de Fulano y Mengano (no se celebraba aún el Día del Orgullo Gay) el anuncio de esta boda dio mucho de qué hablar.









Primero porque el padre de Natalia, Agustín de Figueroa, marqués de Santo Floro, hijo del conde de Romanones, que había presidido varios Consejos de Ministros en el reinado de Alfonso XIII, no estaba muy convencido de la decisión de su muy adorada hija, de los tres vástagos que tuvo (Matilde, moriría muy joven). Ya años antes le había quitado la idea de casarse con el actor Vicente Parra, joven muy conocido del marqués. Escritora muy amena, que frecuentaba las páginas de ABC, coautora de varios libros de éxito ilustrados por Antonio Mingote, y guionista de algunos programas de televisión, Natalia Figueroa era una mujer sobradamente conocida, que nunca alardeó de sus antepasados, manteniéndose siempre con su sencillez, naturalidad y afecto con cuantos la hemos conocido, siquiera superficialmente. Conoció a Raphael durante la entrega de unos premios que concedía un programa de Radio España dirigido y animado por Encarna Sánchez. A él le pareció "una persona tremendamente equilibrada, prudente, muy simpática". Lo anecdótico es que a ella, según me confesó en su residencia familiar de Biárritz, le resultó "tonto y vanidoso". Pero se reencontraron en una cena, y entre algunas chanzas, el divo pidió que alguien los presentara y fue mi recordado amigo y colega Antonio D. Olano quien hizo de intermediario; fueron a una sala de fiestas para aplaudir a Lola Flores y algunas veces se veían para almorzar.




Raphael le enviaba postales desde todos los lugares donde viajaba. Hasta que, pasados cinco años, él le pidió que se casaran, lo que a Natalia le sonó a broma. Pero, tesonero siempre, conseguiría sus propósitos. El marqués de Santo Floro claudicó y dio el visto bueno, como él mismo me contaría con el gracejo siempre de un gran, culto y divertido conversador: "Cuando Raphael vino por primera vez a casa a buscar a mi hija no estuvo ni simpático ni expresivo conmigo. Luego me confesó que era muy tímido. A mí, convivir con un artista como él me resulta fácil, porque he estado rodeado toda mi vida de muchos de ellos". Sobre su suegro, Raphael escribiría en sus Memorias, lo siguiente: "Es la persona a la que llegué a querer como un padre. Con toda mi alma". No se recató en ellas al citar a algunas personas, familiares de Natalia, obstinadas en opinar que a ella "no le pegaba nada Raphael". Eran la condesa de Yebes y Blanca de Borbón, condesa de Romanones. No quería casarse él sin el consentimiento del marqués, éste lo invitó a un almuerzo en casa y allí quedó sellada la próxima boda. Entre la nieta de un Grande de España y el hijo de un modesto fontanero.



Pude publicar en Semana, donde yo trabajé tantos años (veintitrés) las primeras fotos de los novios. Las obtuve tras marear bastante la perdiz en casa de un gran fotógrafo, que curiosamente vivía en un piso más abajo que el cantante: Juan Gyenes. Imágenes hasta entonces inéditas. Y pude enterarme de cuándo y dónde sería la boda, que los protagonistas habían organizado con un sumarísimo secreto. A pesar de todo fuimos una docena los reporteros que acudimos al evento, en Venecia. Los invitados del novio y la novia, separadamente, habían recibido diferentes billetes de avión, incluidos transbordos, para que nadie "se fuera de la lengua". Con razón, el humorista Mingote, me dijo: "Parece que hemos venido a una reunión de espías". Y el académico José María Pemán, muy amigo de la contrayente, me contó un chiste muy picante acerca de este viaje nupcial que le había divertido mucho.



 El veterano colega de un diario madrileño, Yale, había contratado a una agencia de detectives para que le consiguiera dónde y cuándo iba a ser la boda. En mi caso, hube de viajar toda una noche en un tren por la Costa Azul, desde Barcelona, del que descendí en Génova, para irme al aeropuerto, vacío a las cuatro de la mañana y esperar tres horas dormitando en un banco hasta que se abrieron las taquillas y conseguí un billete aéreo para Venecia, adonde llegué sin mi maleta, que acabó arrumbada en un almacén del aeropuerto romano de Fiumicino. Un compañero tuvo que prestarme un traje completo, pantalón y chaqueta y yo me proporcioné camisa, corbata y supongo que un par de zapatos decentes también. A las diez de la mañana yo estaba en la ciudad de los canales, donde a poco de llegar ya me encontré paseando en una góndola a los novios. La reportera íntima amiga de ellos, la gran compañera Juana Biarnés (que en los últimos tiempos pasa por difíciles momentos) se quedó sin la exclusiva soñada. En nuestra profesión, quien no espabila se come pocas roscas…




Como era de esperar, en cuanto nos vieron Natalia y Raphael, extrañados al darse cuenta que cada uno de nosotros, a su manera había conseguido conocer el sitio del casorio, el día y hasta la hora, lo tomaron con buen humor, invitándonos, como no podía ser ya de otro modo, a la ceremonia, en la iglesia de San Zacarías (cercana a la plaza de San Marcos) y al "lunch" que siguió después en un bellísimo hotel, el Danieli Royal. Padrinos fueron el padre de la novia y la madre del novio, Rafaela. Hablé con el padre del cantante, Francisco Martos, que se situó en un discreto lugar del templo para pasar lo más inadvertido posible; un hombre sencillo, poco hablador con los periodistas, que apareció muy pocas veces fotografiado a lo largo de la carrera triunfal de su hijo. ¿Qué le parece emparentar con la familia Romanones?, le inquirí. "¿Y qué desea usted que le responda? Pues que todo lo que haga mi hijo me parece bien…". Casó a la feliz pareja el padre Cenobio, mexicano, que llegó expresamente desde el monasterio de Guadalupe. Calculo que fueron alrededor de sesenta o setenta los invitados, entre ellos, aparte de los antes citados, familiares y amigos, Carmen de Hohenlohe, la actriz Carmen Sáinz de la Maza y su marido, el director de cine Agustín Navarro, Paco Gordillo y Soledad, su mujer, Jaime Azpilicueta, Francisco Bermúdez…




Natalia Figueroa me comentó el porqué habían elegido Venecia para su desposorio: "Habíamos pensado en Versalles, pero cambiamos de idea, creyendo que además de un bello lugar, no muy lejos de Madrid, estaríamos a salvo de periodistas, no queríamos una boda con tumulto… ¡Figúrate si la hacemos en Madrid! Sólo con la presencia de las fans de Raphael ya habría sido un follón…". Pedí al cantante que estampara una dedicatoria, en la que de su puño y letra, escribió: "El más bonito día para recordar siempre". Y así lo hemos hecho nosotros ahora, cuarenta y cinco años más tarde. 



¡Felicidades a los dos!










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